Travesuras de mayo

 

 

 

 

En mi tierra, a mayo se le conoce como el Mes de las Lluvias.

La temperatura baja saludablemente después de un período de sofocante calor, y el cielo a menudo se vuelve gris, dejando caer, poco después, tormentosos chaparrones que enlodan los parques y encharcan las calles.

Es ese el momento en el que yo despierto religiosamente, abandono el capullo de mi casa, abordo mi camioneta, y paso a toda velocidad cerca de los charcos de las aceras, para mojar a la gente.

Es mi deporte preferido. Inclusive, ya tengo marcados varios puntos de la ciudad en los que sé que se forman charcos, y desde donde a lo lejos me detengo con las luces apagadas, acechante, esperando que pase alguna persona para arrancar a toda velocidad.

Hoy se lo hice a una señorita muy bonita que estaba maquillada y cargaba un bolsito blanco. Cuando escuchó el ácido y odioso sonido de la llanta pisando el agua, momento en el que ya era demasiado tarde para quitarse, a través de ese delicioso micro-segundo en el que supo exactamente lo que le iba a pasar, vio como una mano desfigurada y gigantesca de agua se le venía encima.

Ahí es cuando viene lo bueno: como estoy a bordo del vehículo y no puedo disfrutar plenamente de mi obra, dependo enteramente del espejo retrovisor para poder echar ese vistazo obligado a mi víctima, que está viéndose a sí misma tristemente, examinando el deplorable aspecto en el que ha quedado, o bien levanta un puño hacia mi dirección, gritándome improperios recalcitrantes que a menudo me causan erecciones.

Hace un año se lo hice a una mujer muy anciana y jorobada que cargaba un paño en la cabeza y varias ropas oscuras encima, llevaba una bolsa grande en cada mano y se agitaba con cansancio en dirección a la parada de autobuses. Aceleré profusamente, calculé con majestuosidad el diminuto espacio que hay entre la llanta y la acera (pues mientras más cerca, más fuerte sale disparada el agua) y acto seguido, el chorro de agua cayó de tal forma, que tuvo que soltar una bolsa y echarse a un lado.

 

Mi mayor logro fue haber hecho mi obra en una plaza donde estaba una señora que, presumo yo, le enseñaba a inyectarse insulina a su hijo, quien a lo sumo tendría 12 años.

Como la lluvia de la noche anterior había sido bastante copiosa, las calles no sólo estaban echarcadas, sino que, además, el agua que cayó sobre los parques se desbordó, arrastrando el barro al pavimento.

Al saber que el agua se hallaba algo endurecida a causa de esta mezcla, aceleré todo lo que el reducido espacio de la plaza me permitió. Poco después, aquel monstruo negro y hórrido se levantó del suelo y se escupió a sí mismo contra el niño, que apenas se movió cuando los pedazos de barro le pegaron en la boca y el cuerpo, y a la madre en todo el centro de los ojos y los brazos, que todavía llenaba la inyectadora con la aguja introducida en el frasquito transparente de farmacia.

Tuve que hacer una aparatosa huida cuando un señor ya mayor se puso a correr por el parque gritándome cosas mientras yo me alejaba triunfante. Ese día me sentí como Starsky y Hutch pasando a toda velocidad encima de los policías acostados.

 

Luego comencé a crearme fama entre la gente... pero amparado entre los vidrios ocuros de mi camioneta y los testimonios de unos cuantos que apenas habían logrado verme la cara pero no lo suficiente como para hacerse una idea clara de mi rostro, me llamaban "El mojón siniestro". Alguna vez habrá intentado capturarme uno que otro ocioso sin oficio que se ponía a esperarme en las esquinas con el motor del auto encendido... más sin embargo, los esfuerzos, hasta el día de hoy, han sido completamente infructuosos.

 

Hoy es 12 de mayo, y todavía quedan 19 días para que acabe el mes... 456 horas que aprovecharé para seguir perpetuando mi leyenda, y aterrorizar a la gente bien vestida que salga a la calle, y ose pasar cerca del borde de las aceras.

 

 

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12 de mayo de 2006

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