ANOCHE ME QUEMÉ EL PELO

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tercer mundo es el tercer mundo, del mismo modo que la mona, aún si se viste de seda, mona se queda. Así pasa en los barrios caros de Buenos Aires, Caracas, y cualquier otra ciudad de centro y suramérica.

Lo digo porque el otro día en mi barrio, que se supone es de chetos (sifrinos, fresas, "high people") se fue la luz. No soy intransigente; la luz es como un desliz sexual, un cortecido se le perdona a cualquiera... el problema es que el otro día se ausentó siete horas. ¡Feliz 2010!

Sumado a eso (y porque los espíritus del mal tienen la tendencia de alinearse) eran las seis de la tarde, lo que quería decir que pronto nos íbamos a quedar a oscuras y que, además, la noche iba a ser bastante larga.

Así que acudimos a nuestras reservas: velas, toda una gaveta llena de ellas, acumuladas por la experiencia. En mi cuarto el plan es tener una sobre el escritorio y otra en el baño, arriba de la tapa del tanque del water:

 

 

 

 

Eran las diez cuando ocurrió lo más interesante que a uno le puede ocurrir durante un aburrido apagón: ganas de ir al baño.

Así que emocionado como un perro, agarré mi revista de Condorito y me senté, ayudado por la apocada luz de la vela tras de mí. Muevo mi cabeza naturalmente, quizá con un poco de femeneidad, como le sucede a todos los hombres de hermosa y abundante cabellera, similar a los príncipes...

Dejo que la naturaleza fluya por mis entrañas y me relajo, salvo uno que otro crepitar extrañísimo de la llama, que hace "prrft, prfft", y que se siente como una especie de risa extraña, criaturesca, quizá inclusive macabra.

Voy por el segundo chiste, chistes que no voy a olvidar jamás, ni a los personajes que los conformaron: veo a Ungenio González, a Don Chuma, al Saco de Plomo... y prrrft prrrft prrft, prrrft prrft prrft. El crepitar se hace demasiado frecuente como para ignorarlo; algo raro pasa. La mente viaja a la velocidad de la luz y me imagino que se trata de una cucaracha quemándose a mis espaldas, volteo la cabeza, intentando ver hacia atrás todo lo que puedo, imitando a un búho: la llama baila, mi cabello se mueve entre mis hombros, y siento que algo me quema la piel. Entonces comprendo lo que está pasando...

Grito y maldigo. Me levanto, caminando como un cangrejo, e intento ver mi rostro fantasmal en el espejo, agarrando mi propio pelo como la madrastra agarra a la Cenicienta: me quemé el cabello, y su último acto heróico, con las greñas como su escudo y su espesura a modo de espada, fue evitar que alcanzara mi cráneo.

Total que hoy estuve buscando una barbería, pero no había, así que me tuve que conformar con la peluquería donde va mi mamá...

 

 

 

Buenas noches, dulce príncipe...

 

 

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3 de enero de 2010

diariodedross@gmail.com

 

 

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