AÑORANZAS
Las peores cosas que hice son a la vez las mejores, por eso las recuerdo más, y creo que no hay mejor época que la Navidad para sentarme y rememorarlas a detalle, como quien observa cuidadosamente una esfera de cristal. Soy un mago de los recuerdos.
Estoy en el piso más alto de una grandísima cabaña, no hay madero que no esté manchado ni ángulo sin telaraña, allá afuera hay un mundo purpúreo y opaco. Las ventanas se abren como en un cuento de hadas y entra el tropel agusanado; los abortos con alas, que se me enrollan alrededor de las piernas, haciéndome mimos, invitándome a que les cuente una nueva historia. Aunque más que querer escucharme, me da la impresión de que están ahí para hacerme una auditoría, un casting, en pos a algo que me esperará más allá, en algún cuando. Lo anterior fue un sueño que tuve hace poco...
Esto, sin embargo, pasó en verdad:
Fue en Venezuela. Estábamos en una fiesta en casa de mi ex. Yo no sé ni por qué fui pues ahí estaba su novio actual. Los nombres de ambos me los reservo porque tienen cuenta en Facebook, Twitter, MySpace y sé que, armado con eso, más de uno intentará hacer lo que no debe: sacar lo que está leyendo de esta pantalla oscura...
Volviendo al tema, yo no sé ni por qué fui, al menos no superficialmente, pero en el fondo vaya que sí: orgullo. Algo así como demostrar que iba a su fiesta como si tal cosa, para hacerle ver que ya no me importaba (y era verdad), lo principal no son los sentimientos, lo principal es el orgullo.
Pero es una cuestión aparatosa porque, tratándose de orgullo, uno no puede dejar que se le vean las costuras: no podía escapar después de un par de horas pues sería peor. Había que quedarse hasta el amanecer. Así que en el paroxismo del aburrimiento, durante uno de esos momentos en los que uno se siente osado, subí a su cuarto acompañado por ese grupo infaltable de outsiders que quieren alejarse del resto para tener sus charlas de rincón.
Con nosotros iba la loca, una gran amiga de mi ex. Así que no había nada de malo. El viaje pareció de casa del terror, porque íbamos uno tras otro imbuídos en silencio; el cuarto de su madre se hallaba también en el mismo pasillo.
Finalmente ahí estábamos, charlando en ese lugar que me era tan familiar. Nos quedamos, calculo, unos buenos cuarenta minutos.
Todo habría sido natural de no ser por un pequeño, bochornoso detalle: en la mesita de noche había un condón envuelto en su paquetito transparente. La loca es la loca, pero incluso ella tiene sus límites: no le gustó que viéramos eso, así que en vez de ser la irreverente de siempre, decidió no hacer ningún chiste y omitir el accidental detalle por honor a su amiga.
Después de una charla que pasó de Prison Break a la lemna del lago de Maracaibo, y de la lemna al corcho pegado a la pared sobre la cama, donde nos devolvía la mirada un montón de gente en un collage de fotos, la plática perdió su combustible y salieron todos del cuarto. Todos, por supuesto, menos yo. Yo caminé hasta el marco de la puerta, pero al verlos ir en fila india por las escaleras, me giré en redondo.
Vi la sombra transparente, semi espectral del sobre con el condón ahí, al lado del control remoto.
Y entonces la idea cuajó; me precipité sobre la mesita de noche, cogí uno de los alfileres del corcho, y empecé a agujerear el paquetito de extremo a extremo una, dos, tres, cuatro y quizá cinco veces.
Lo dejé todo como estaba y me marché. El resto de la noche no fue interesante, lo interesante, sin embargo, pasó tres semanas después.
A mi ex no le vino la regla...
Así es pues, que en descargo de mi filosofía pro-abortista se gestó, gracias a mí, un niño. Lo irónico es que mi ex jamás fue pro-aborto, pero abortó. Es hipócrita, no estúpida. La decisión no le costó demasiado.
Su novio, sin embargo, parecía ser un pro-vida empeñado, y por lo tanto no extrañó que la pelea entre ambos, aparte de ser legendaria, llevase al rompimiento.
Pero eso no es lo peor de esta historia, lo peor es la ironía: ¿a qué no saben a quién pidieron las pastillas para abortar? A la loca no; la loca demostró ser más beata que loca.
La nena me las pidió a mí, el tipo que escribe...
Me tuve que ir hasta los Teques para conseguirle Misoprostol (jamás lo voy a olvidar).
Al cabo de tres días y un montón de detalles, estaba yo tocando la puerta de su casa, con una sonrisa de oreja a oreja, un ramillete de flores, la ceja enarcada y el frasquito de las pastillas con un lazo. Era uno de mis detalles mórbidos, pero a ella le encantaban. Se echó sobre mí, abrazándome.
Esa tarde hicimos el amor, y lo hicimos con pasión. Nos revolcamos entre las sábanas hasta sacar los cubrecamas, y sudamos sobre la colchoneta.
Abrazada a mí, húmedos ambos, ella viendo a la ventana, yo al techo, le dije la verdad, contándole los hechos con excruciante detalle. Lo del cuarto, lo del condón, lo del alfiler en el corcho...
Ella se me quedó viendo por un rato que pareció eterno, y entonces me pegó en el hombro: "Ay Daviiiid!, jajajajajaja". Pero para mi sorpresa, reveló: "ok, ¿pero a qué no sabes quién te montó los cuernos cuando te operaron de las hernias?" Yo abrí los ojos como platos y la miré haciendo una "o" con los labios; "¡Sucia! jajajajajajajj"
Hicimos el amor otra vez.
El día que me estaba yendo a Argentina, sentado ya en el avión, mientras había un tropel de gente subiendo sus bolsos en los portaequipajes, y pendiente de que no me viera la azafata con el celular encendido, recibí el último mensaje de texto suyo:
"el hijo de marianela es TUYO??"
"sí"
"jajajajajajajajajajajajajajj!!!!"
"jajajajajajajajajaja xD xD t amo"
A veces la extraño...
|
19 de diciembre de 2009 |
|
| Deja tu comentario |