VALLE DE LA CALMA (XV)

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1

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Abraham sintió una lengua helada bajando por su columna. Por fin, había encontrado algo de utilidad entre toda la parrafada ineficaz de Olifante, el celador del manicomio.

Ahora sabía que el dueño de aquella letra angulosa, ubicada detrás del naipe que se hallaba sujeto bajo la pata de una mesa vieja en las mazmorras pertenecía a un tal Goitier. No especificaba su nombre (en caso que Goitier fuera su apellido).

Abraham había sentido una especial afinidad a él, un vínculo. Tal vez porque con su prosa podía reconocerlo como una persona sensible, como un tipo que <<piensa>>, así llamaba él a la gente cuando eran mejores que los demás, cuando deslumbraban del resto como un farol en la oscuridad <<los que piensan>>.

 

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Jueves 16

EL PRISIONERO DE LAS BARAJAS

Hoy nos hemos dado cuenta que Goitier ha estado escribiendo su diario personal en un mazo de barajas que tenía. Yo pensaba que eran inofensivas, ahora me ha metido en un problema.

Es una buena persona, me cae bien, y no me da miedo. Puede ser porque de todos es el único que no es peligroso. Es sólo un vagabundo. Pero me ha costado de lo lindo. Borghild hace siempre hincapié en que este tipo de cosas no pueden suceder. Yo mismo tuve que quemar los naipes frente a sus ojos, pero eso no lo apaciguó, porque está convencido de que podrían haber más.

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Abraham pasó la página, rápidamente

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Jueves 17

Borghild sigue enojado por el asunto de las barajas. Me ha repetido muchas veces que eso no puede suceder. Estoy nervioso. Quiere deshacerse de Goitier, será porque piensa que volverá a buscar la manera de escribir en cuanto yo baje la guardia. Le advertí lo que estaba pasando, pero creo que no debí haberlo hecho: ahora Goitier está sufriendo porque está seguro de que Borghild dará la orden de matarlo.

Y está en lo cierto: Borghild mandó a traer un montón de cavas del hospital, le van a sacar los órganos esta noche.

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Jueves 18

Hubo un barullo en la madrugada. Me volvió a meter en problemas. Goitier se suicidó, llevaba varias horas muerto cuando “el tuerto” Murillo fue con los enfermeros Pablova y Rojas. No sé cómo lo hizo, Murillo no se digna a hablar conmigo. El doctor Borghild no para de repetirme que soy un gordo estúpido. Me amenazó con encerrarme en un cuarto del piso de arriba y dejarme ahí. Tengo miedo, pero no creo que llegue a tanto, yo se muchas cosas de este hospital como para que me hagan algo, y por eso sigo los pasos de Goitier y escribo esto yo mismo, como mi salvavidas, en caso de que decidan hacer una idiotez.

Palomino se murió sentado en el inodoro, como una rata. Creo que se envenenó. Lo único que queda de él es la foto en el clip.

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Y hasta ahí llegaba el diario de Olifante.

Abraham comenzaba a sentirse mareado, pero tenía los ojos bien abiertos, llenos de espanto. Con el tacto podía sentir que en la página siguiente había algo en relieve, un clip, con la foto de Goitier.

Sin pensarlo dos veces, volteó la página, y observó la cara del hombre.

Tenía facciones largas, y el cabello cortado al ras. No parecía un vagabundo, pero estaba claro que lo afeitaban en el manicomio.

¿Cuál había sido su pasado? ¿Por qué sabía escribir tan bien? Era mucho más depresiva la idea de que hubiese sido un maestro, un escritor o un poeta. La última persona que hubiese debido caer después de los niños.

Pero había algo más... Abraham reconocía ese rostro.

Reconocía los ojos, la boca, reconocía las líneas.

Sí, él lo había visto antes... lo había visto una noche.

- Dios mío –musitó-

Claro que sí, pero le había llevado tiempo asimilarlo, porque la última vez no tenía piel, o al menos, esa es la impresión que a él le había dado... pero sí, era él: era el “señor del inodoro”.

- Dios mío, amigo...

Levantó la mirada hacia su baño, pero no había nadie.

Ahora ese fantasma tenía un nombre, y un rostro humano.

- Lo siento, amigo... lo siento mucho, lo siento mucho.

Su mente volvió a encenderse. <<Ecos que se manifiestan>> pensó <<de la mejor forma que pueden>>

Giró la cabeza: tampoco estaba la mancha en la pared.

Abraham sabía en el fondo que ninguna de las dos manifestaciones volvería más. Y era paradójico, porque eso lo hizo sentirse extrañamente abandonado.

- Dios mío, lo siento –insistió, llorando- lo siento por ustedes.

En ese preciso instante, como por arte de magia, la puerta del baño se cerró de golpe, removiendo los cabellos de su frente. Soltó la libreta de cuero y agarrotó los dedos en torno al cobertor de la cama.

El estruendo de la puerta fue sólo comparable a la visión espantadora en sí. Aquello no había sido una manifestación paranormal cualquiera, no había sido un fantasma o un ente, sino que había venido de más arriba: era el San Niño, que deseaba que Abraham dejara de pensar y le prestara atención a ÉL.

La radio posada sobre la mesa de noche se encendió.

Abraham se levantó de golpe, observando el aparato. La señal se estaba acercando poco a poco, venía hasta a él, y tenía como pasadizo las bocinas del aparato.

- Abraham... Abraham, ¡ayúdame! ¡POR FAVOR!

La voz femenina fue ahogada nuevamente por interferencia estrangulada.

- ¿Susana?

La voz de ella le estaba respondiendo, pero reducida a lo inaudible por lapsos de silencio espantoso.

- ¿Susana? –repitió, alterado- ¿Susana?
- ¡Abraham!

Se llevó las manos a la cara, desesperado. Arremetió con una patada contra la pared.

- ¡Qué te pasa hijo de puta! –gritó, al aire- ¿por qué te metes con ella?

La voz de la chica volvió a hacerse nítida.

- ¡Abraham! ¡Auxilio! Me tienen...

Su voz fue interrumpida abruptamente, y reemplazada por la antigua voz de un hombre, como un locutor de radio de los años 30:

- ... en el tercer piso.

La radio se apagó de golpe.

Giró la cabeza, para ver hacia la puerta.

La palabra <<trampa>> surcaba su mente una y otra vez, como hormigas.

Sin embargo, no tenía caso ir más allá, ni amanecer otro día en el San Niño <<¿no es así, Abraham? Porque tú sabes que no puedes escapar de aquí, nadie puede hacerlo>>.

Se dirigió a la puerta de la habitación, y la abrió.

El pasillo estaba completamente a oscuras. Todo el hospital lo estaba.

<<El San Niño me ha hablado, por primera vez, con su propia voz>>

Salió al pasillo, y caminó lentamente a través de él, caminando a través de la puerta de emergencia, rumbo a las escaleras.

Abraham no pensaba en nada, salvo que se estaba aproximando a la <<etapa final>>, eso era todo lo que tenía en mente, <<etapa final>>.

Ascendió sin prisa, con la palma de la mano acariciando el barandal pintado que, a partir del segundo piso, se hallaba oxidado.

Al asomarse por el tramo final, contempló a su alrededor. Debajo de la enorme puerta de hierro que tenía un número “3” marcado en la cabeza se veía una brillante luz roja.

Las paredes estaban surcadas de inmundicia y grasa, con raíces gruesas y extrañas saliendo de entre los bordes, formando telarañas latientes e inmensas, que sonaban a plástico quemándose. El barandal era sólo un doloroso muñón perdido en la herrumbre, y cada escalón estaba redondeado entre lo que se podía describir como fibras rojas y húmedas, que parecían un organismo entrelazado.

<<El San Niño me ha llamado>>

Empujó la puerta, que se abrió como si fuese tan liviana como el viento.

Las paredes, el techo y el suelo estaban llenos de ese mimbre orgánico, rojo, movedizo, ruidoso y vibrante, como una migraña con cuerpo, y las puertas no eran más que relieves de pulpa en las paredes.

Nítidamente podía escuchar una música de tocadiscos, antigua, muy antigua, una tonada de instrumentos clásicos de banda AM. Era una melodía suave y triste, parecía un himno.

Y habían voces, muchas voces, pero Abraham sólo podía escuchar una a la vez, se mezclaban en gemidos vivos, querían que lo escuchara.

<esa DESGRACIADA noquieroquesevuelva a escapar esaDESGRACIADA NIÑA noquieroquesevuelva a escapar esa DESGRACIADA>

Abraham vio a los lados, hacia arriba.

<¡CÓRTALE LAS PIERNAS! ¡CÓRTALE LAS PIERNAS! ¡LAS DOS! ¡ESO LE VA A ENSEÑAR, QUÍTALE EL OSO ALA PUTA CERDITA-DEDITOS-GORDOS, CASI NOSJODE, QUE SE LAS ARREGLE CON DOS MULETASSISEPORTA BIEN> <VICTORIA, ¡NO!> chilló la voz de su madre <¡YO LAS CASTIGO, NO LO VOLVERÁ A NOOooooo esaMALDITAN NIÑA DESGRACIADA noquieroquesevuelva a escapar esaMALDITA NIÑA DESGRACIADA noquieroquesevuelva a escapar esa MALDITA>

Volvió el silencio.

Siguió caminando, no sabía en qué dirección, no tenía noción de aquello, porque ahí, ni el norte ni el sur existían.

<MAMÁ, MAMÁ, MAMÁ, MAMÁ, MAMÁ, MAMÁ>

Podía sentir las fibras orgánicas palpitando debajo de sus botas.

Cruzó por una habitación que estaba abierta... Abraham vio hacia adentro.

No había nada extraño, las paredes no estaban grasosas. El suelo era mármol pulido, la mesita de noche, el televisor, lámpara de mesa, cortinas, una ventana bonita, una nevera y una cama, no una camilla, sino una cama grande.

No parecía el cuarto de un hospital. Parecía un cuarto de motel. Pero Abraham sabía que no era una dimensión paralela o alterna: estaba en el San Niño, claro que sí. Esa era simplemente una de sus tantas habitaciones. Sólo que parecía un cuarto de ¿motel?

<MAMÁ, AUXILIO, MAMÁ, ¿QUIÉN ES USTED? ¿QUIÉN ES? AUXILIO, AUXILIO, DESGRACIADA>

Lo que siguió fue un chillido desgarrador, la voz de un hombre.

<NO TE MUEVASSS, quieta, así, así, por favor no te muevas, así, que rico, no, no llores, no pares, sigue caramelo, sigue>

<Aquí pasan muchas cosas, caballeros>

<Sabe a jamón amor, sabe a jamón, sigue, vamos sigue que te quita el hambre, búscate tu jalea, búscate tu, gánate tu...>

<USTED ES RESPONSABLE DE TODOS Y CADA UNO DE >

Había un hombre guindado con una soga al cuello, con un saco de tela mohosa sobre su cabeza. Se revolvía como si lo estuviese quemando en fuego invisible, mientras la soga lo paseaba en zigzag.

<RESPONSABLE>

Escuchaba gemidos de niños, gemidos roncos, como el que haría un animal al que le están arrancando la garganta a pedazos.

<MUCHO DINERO, BORGHILD>>

<MUCHO DINERO, SÍ>

<MUCHO DINERO... MUCHO>

Abraham caminó hasta la siguiente puerta abierta, en su mente sólo había un vacío blanco. Lo había decidido él mismo, mantener la mente en blanco, porque si no, sólo Dios sabía lo que pasaría. Era demasiado, demasiado para él. Era un hartazgo, era una exageración. Estaba lleno, y no podía más. Era una maldad que él no era capaz de concebir, ni saber que existía hasta ese momento. Y era abrumador, y lo hacía sentir como un niño. <<Dios>>

Observó adentro.

Susana. Sentada en el suelo, veía hacia afuera.

Era un lugar blanco, sin paredes ni techo. La luz no lo cegaba, pero sin embargo, lo cubría todo, había paz. Ese era el territorio de Susana, y el San Niño intentaba entrar en ella. Las raíces negras que venían desde afuera comenzaban a crear esas telarañas, esos dedos tiesos y quebrados, intentaban alcanzarla.

- Abraham... pasa.

 

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2

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El viejo Chevy rodeó la pequeña redoma del San Niño, y se estacionó frente a la puerta.

El sargento Ezequiel Martínez sintió escalofríos, y no era fácil hacer sentir escalofríos a un latino que había crecido en un barrio peligroso de su país. Pero esto sencillamente lo superaba.

Bajo la luna, el San Niño era exactamente como lo recordaba, pero en peor estado.

Y lo recordaba bien: su departamento era eficiente, pero nadie, ni los oficiales más osados y de mayor carácter, tuvieron la fuerza ni tampoco las ganas de detener a varias docenas de hombres y mujeres furiosos, que se vinieron con sendas latas de líquido inflamable y antorchas.

La policía de Valle de la Calma era escasa, ese día estaban verdes del pánico, y sin duda ninguno tenía el olfato suficiente para detectar la clase de porquería que se tapaba en el hospital de su pequeño, ignorante y reducido pueblo. Ninguno excepto Pulasky, el oficial Pulasky. Pero él estaba metido en todo esto ¿no? Se supo varios días después.

La entrada al hospital parecía una boca de lobo, seca, con la pintura descorchada, completamente marginal. Ninguna de las largas hileras de ventanas de los tres pisos tenía un solo vidrio. Todo permanecía sumido en la más perpleja oscuridad.

Martínez pensaba que algún niño podía haberse metido adentro y perderse. No era raro que unos mocosos sacaran de la nada ese tipo de inventos, sin saber que no encontrarían nada más que un montón de cuartos vacíos y sin puertas, mampostería vieja y seca, paredes tiradas, y muchos grafitis dibujados aquí y allá. El San Niño era como un árbol quemado, como un titán completamente apagado y abandonado. Así había estado los últimos veinte años, y así seguiría por otros veinte más, hasta que, a buena hora, decidieran demolerlo. ¿Llegaría ese día? No, nunca. Para eso alguien tenía que comprar el terreno, y estaba claro que nadie lo haría.

Metió el brazo por la ventana, encendiendo los faros altos del coche, tocando luego la bocina.

Pero pasaron minutos, y nadie contestó.

En lo único que Martínez quería pensar, era en su casa, su mujer, y su libro.

Y sobre todo, borrar al San Niño de su mente.

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3

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- ¿Qué haces aquí, Susana?

Abraham se sentó frente a ella, acercando su cabeza. No temía que ella fuera un espectro más, no: era Susana, era su Susana.

Ella le señaló hacia un costado de la sala.

Abraham podía verlos, abajo, como en el fondo de un pozo: el doctor Gonzalez presionando su pecho, dando gritos, la enfermera sosteniendo con manos temblorosas las manillas del aparato de electro-shock, el electrocardiograma marcaba una línea recta y fría.

- Oh, no, no... por favor, no –gimió, con lágrimas acumulándose alrededor de sus ojos-
- Abraham...

Pero todo lo que pudo hacer él fue cubrirse, hasta que sintió las manos de ella acomodándose alrededor de sus hombros.

- Abraham, por favor, mírame.

Él obedeció, lentamente. Susana estaba como nunca, parecía...

... parecía un ángel. <<Un ángel>> pensó.

- Susan, pareces un ángel.
- Abraham, hay algo más importante que yo, de lo que hay que hablar. Eres tú. El hospital no te va a dejar salir de aquí...
- Lo sé.
- Pero tienes que saber por qué. Abraham: tu padre hizo algo muy malo cuando tenía tu edad. Él trabajó aquí, y tú fuiste concebido aquí, y por eso el hospital te reclama, te reclama que vuelvas. Eres uno de los niños de Borguild.

Él la miraba, perplejo.

- No entiendo.
- Tu padre te sacó de aquí, y logró irse antes que todo cayera por su propio peso. Luego su esposa se dio cuenta, ella…
- Ella es mi madre.
- Por justicia, lo es. Pero fuiste concebido aquí –repitió- tu verdadera madre, Abraham, es una enfermera del San Niño. Borguild se enteró, y tu padre hizo un pacto con él. Tú serías la ganancia de su descuido.

Él se limpió los ojos con el brazo.

- ¿Lo entiendes?
- Lo entiendo.
- ¿Lo aceptas?

Él asintió. Su luz entonces se había hecho más nítida, más blanca. Había abierto una puerta. Diciendo “sí” había descerrajado un candado.

- Hizo algo muy malo después, también... y no quiero escucharlo, Susan, no quiero hablar de él. Quiero hablar contigo.

La vio a los ojos.

<<Oh Dios, qué hermosa te ves, ojalá puedas leerme el pensamiento para que sepas lo hermosa que eres>>

Las lágrimas le corrían por las mejillas, y la boca le temblaba. Por fin Abraham había descubierto que estaba muy lejos de volverse loco.

Por ello, no sólo lo embargaba el amor por Susana, sino la alegría de saberlo. Era un alivio.

- No hallo palabras para expresar qué tan lejos pudiste llegar en la vida, qué tantos hombres mejores que yo te mereciste, qué tanto amor pudiste encontrar en el camino y qué tan brillante eres como mujer. Gracias por quererme, Susana.
- Abraham...

Ella empezó a llorar.

- Venir hasta en el umbral de tu muerte sólo me hace arrepentirme por algo más que por nada: haberte dado la espalda. No puedo creer que hayas dado tu vida por mí. Y daría el alma, y la ofrezco aquí y ahora, por vivir otra vida, sólo para darte tanto como tú me has dado. Pero ahora, sólo puedo decir algo.

Se mantuvieron la mirada, en silencio.

- Te amo.
- Muchas gracias, Abraham.
- No. Gracias a ti. Te amo, muñeca, te amo más que a nada en el mundo.

Las raíces negras ya habían invadido el cuarto, y se acercaban lentamente, como una mano enorme cerrándose sobre ellos.

- Sólo quiero pedirte un favor más, en esta vida.
- ¿Cuál es, Abraham?
- Abrázame, abrázame mientras todo termina.
- No quiero que mueras.
- No importa, Susana. Abrázame.

Y ambos se envolvieron en los brazos del otro.

Separados por lejanos puntos dentro del mismo país, las vidas de Susana Marceni y Abraham Castelblanch se apagaron, al mismo tiempo.

 

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24 de julio de 2009

 

 

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