SEGUNDA PARTE

 

 

II

 

1


Antes de que la aguja tocara las cuatro ya había terminado de limpiar las tres plantas del San Niño.

Acabar con el último piso (lugar donde había empezado) le había tomado tan sólo la mitad del tiempo que los dos restantes, el por qué era sencillo: Abraham no se sentía a gusto ahí (ni se volvería a sentir más nunca) por no decir que, ya con la cabeza en frío, lamentaba haber asustado a ese niño.

Una vez, atorado en una de esas interminables filas para pagar la suscripción del nuevo semestre en la universidad, se había sentido irritado al escuchar los comentarios de mal gusto de un grupo de estudiantes hacia una jovencita con un tumor en la glándula salival. Se trata de una enfermedad rara donde se forma una papada de aspecto hinchado a un costado del cuello que resulta cuando menos rocambolesco a la vista.

Por lo menos los chistes que él alcanzó a escuchar se hicieron en voz baja, pero sin que faltaran las risitas por demás estúpidas de las mujercitas quienes los acompañaban. Ella pasó de largo sin escuchar nada (o pretender que no lo hacía, a Abraham no le cupo la menor duda de que ese había sido el caso muchas veces).

En cambio él, en el momento y lugar imprevistos, no estuvo a la altura de su prédica moral; se había quedado viendo la mano del niño no como objeto de burla sino peor, con miedo.

Pero no podía dejar de pensar que llevaba razón al sentirse abrumado por lo grotesco del cuadro. Aquello había sido varias veces peor que cualquier otra cosa que hubiera visto en su vida, o que esperaba ver trabajando en un hospital.

Su apetito disminuyó bastante, así que se retiró directamente a su pieza, obviando el almuerzo, y se vistió para salir, decidido a despejar su mente.

El clima era gélido y desde la ventana divisó un banco de neblina, por lo que aprovechó para utilizar su abrigo largo, el cual de lejos y gracias a su delgadez, estatura y porte, hacía parecer a Abraham como uno de esos peronajes de la famosa película Entrevista con el Vampiro basada en el libro de Anne Rice. Alguien se lo había hecho saber alguna vez, y eso lo había animado a usar aquella prenda todas las veces que podía, recientemente olvidando que la ilusión se haría polvo el primer minuto que su primera conquista le preguntase en qué trabajaba.

Bajó a la recepción del San Niño, lugar de vitrales, con aspecto cálido y fachada de madera. Se acercó lentamente a la mesa, contando el dinero que llevaba en la cartera, por lo que no fue sino hasta que levantó la mirada para ver a la enfermera sentada tras el escritorio que abandonó cualquier idea de hacerle ninguna pregunta sobre bares o pubs con buena onda en Valle de la Calma.

Lo observaba una anciana de aspecto descuidado, frías ojeras, piel cetrina y ojos como dos témpanos de hielo. Sus cabellos blanquigrises enmarcaban un rostro bastante hosco, malencarado. Si alguna persona piensa que los seres humanos no tienen semejanza con los animales, en especial a esa rara genealogía del "Gato Exótico", estaría –pensó en un relampagueo antes de dar los últimos pasos- absolutamente equivocado.

- Buenas tardes. ¿Me puede decir a qué hora pasan los autobuses por el hospital?

La mujer le sostuvo la mirada varios segundos antes de contestar. Parecía un monstruo viéndolo debajo de una máscara.

- Siempre salen.

Hacer una segunda pregunta le agudizó los nervios, como si aquello pudiera ser un detonante para hacerla gritar.

- ¿Sabría decirme a qué hora llegan?
- Espere afuera. Podrá coger alguno.

Eso zanjó la conversación.

Al empujar la puerta de vidrio, Abraham recibió un golpe de brisa tan helada que le obligó a cerrar los ojos.

La espera no se prolongó mucho, porque un trueno fue el inicio de una lluvia que sólo necesitó de un intermedio breve para volverse torrencial. Tuvo que devolverse a toda prisa, con los hombros mojados.

Desconsolado, colocó ambas manos sobre el vidrio, observando cómo la inclemente ráfaga empañaba el cristal.


2


De regreso a su habitación (en donde el nuevo plan no era otro que encender la estufa, buscar algo que leer y quedarse en la cama todo el día) notó algo particularmente extraño que le produjo malestar: había una mancha negra en la pared frente a la cabecera de su cama.

Tenía una forma semicircular y grumosa, al tocarla, no pudo sentir ningún rastro o tacto de grasa. Intento rascarla con un bolígrafo, sin éxito.

Se le fue el tiempo observándola... estaba absolutamente seguro de que aquello no estaba ahí en la mañana, de otro modo, se habría dado cuenta, la recordaría al menos.

¿O tal vez no?

No, imposible: se habría fijado en ella ni bien llegó cargando su maleta en una mano y su mochila en la espalda cuando le echó el primer vistazo al cuarto. Si algo sabía de sí mismo es que era detallista: aquello era nuevo, y había aparecido mientras él no estaba.

Le perturbaba la idea de que alguien sospechara que lo había hecho él. Por no decir que intentar explicarle a la mujer de la limpieza que tal cosa había aparecido mientras que él estuvo afuera por no más de veinte minutos era no sólo inverosímil sino además un maltrato a la inteligencia ajena. Sin embargo, si había una persona con la que podía hablar sobre ello, era, muy a su pesar, Gianluca Siffredo, pues dentro de todo era la única persona ante la que su credibilidad valía algo.

Se quitó los anteojos y, sosteniéndolo cerca de la pared, aprovechó el aumento que proporcionaba el cristal para ver la mancha con más detalle.

Cuando se cansó, decidió acostarse y leer un número viejo de Lazer.

Habrían de pasar varios minutos antes que sus párpados se hicieran pesados y la revista temblara entre sus manos.


3


Se levantó gimiendo.

No le tomó ni siquiera un segundo correr hacia la ventana y pegar la espalda contra el marco. Una luz racional muy pequeña le dijo, entre todo el hormigueo de terror que se había apoderado de su cabeza, que si seguía haciendo presión rompería el vidrio.

Veía fijamente el baño, enardecido, con los ojos desorbitados. La puerta estaba entreabierta.

Dejó escapar un gruñido, y buscó sus anteojos: estaban en la mesita de noche del otro lado de la cama, y para alcanzarlos, tendría que acercarse peligrosamente a la puerta del baño, en donde había algo, o por lo menos, había soñado que había algo.

Cuando era niño, y se levantaba en la madrugada, Abraham solía tomar el control remoto y encender el televisor, para disponer de cierta iluminación. Cuando deseaba dormir colocaba el modo “sleep” en sesenta o ciento veinte minutos, mayor tiempo significaba mayor seguridad antes de alcanzar la salvedad del sueño.

El problema es que ahí no tenía televisor y, aunque estaba a punto de anochecer, el cuarto se veía casi oscuro. Desde su punto ni siquiera la lámpara estaba cerca.

El manto fláccido del sueño seguía apoderado de su cabeza, y por lo tanto su temor irracional no había disminuido, pero poco a poco cobraba conciencia, poco a poco la vigilia volvía. Su adultez recién adquirida le decía que sólo estaba haciendo el papel de estúpido, que había tenido un sueño y que ahora estaba asustado por nada.

Cruzó la cama y encendió la lámpara, conteniendo la respiración, sin dejar de ver el resquicio negro de la puerta.

La luz se hizo y los ojos le picaron. Sin embargo, su visión del baño era aún pobre. Podían escucharse goteras adentro.

Caminó hasta la puerta conteniendo su aliento. Podía sentir el calor de la lámpara de la mesa de noche en su espalda como un aliento cálido.

Alargó una mano por el resquicio de la puerta, palpando la pared, en busca del interuptor de la luz. No tardó mucho tiempo en notar algo raro: hacía frío dentro.

<<Maldita mierda>>

El interruptor no se dejaba encontrar. Abrió un poco más la puerta, y asomó la cabeza: ahí estaba, podía verlo como una sombra imposible de perder al tacto. Su irritación creció aún más.

La luz parpadeó varias veces, antes de encenderse.

Luchó contra sí mismo y se abrió paso dentro. El último retazo de miedo enervó sus sienes al verse repentinamente al espejo, pues quien está asustado espera encontrar algo raro reflejado en él, y Abraham no era la excepción. Los espejos son objetos magníficos para la sugestión. Por algo prescindían de ellos en los cuartos de los pacientes que luchaban contra la adicción a las drogas.

Pero todo estaba en orden: su rostro no tenía nada raro, y ninguna figura pavorosa lo observaba a sus espaldas.

No tardó en descubrir que las goteras provenían de la regadera. Sintió un alivio tremendo al ver que todo se debía a que la llave no estaba bien cerrada. Nuevamente, en su mente de adulto, la lógica triunfaba sobre la irracionalidad, como debía ser.

Se aseguró de cerrar con fuerza la llave, tal vez incluso demasiada, y luego acudió al lavamanos para echarse agua en la cara.

El liquen del sueño se despegaba al contacto de la humedad.

Tenía mucha hambre. No era la hora de la cena todavía, pero sin dudas le gustaría revisar el menú de la cafetería.

Suspiró de alivio, otra vez.

Salió del cuarto de baño y cerró la puerta tras él, asegurándose que se mantuviera firme sobre el soporte.

Sin embargo, cuando levantó la mirada, el corazón le dio un tumbo en el pecho: la mancha en la pared se había hecho dos veces más grande.

 

7 de enero de 2009

 

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