El otro día fui profesor de spinning
Como ya llevo más de un año viviendo en este hogar, tengo igual cantidad de tiempo acudiendo a mi nuevo gimnasio (todavía lo llamo nuevo dándome cuenta que aunque aún joven, he llegado a una edad en la que empiezo a hablar del tiempo relajadamente).
Desde el primer día me inscribí también, por razones dieteras y quehaceres metrosexuales típicos del hombre nuevo del siglo XXI, en clases de spinning.
En caso de que no sepas qué es spinning, suelta esa pata de ganso que te estás comiendo y búscalo por Internet, estúpida. (Esto no va con las mujeres de la audiencia, lo que pasa es que llamo a mis lectores con nombres femeninos).
A lo que iba: todo este tiempo he estado acudiendo a la clase de la misma profesora, lo que desde luego ha hecho que se familiarice conmigo pues el spinning es una de esas actividades donde la gente se cansa rápido y por lo tanto es raro ver las mismas caras cada cuatro semanas.
Así que el lunes pasado, después de los ejercicios abdominales con la que se cierra cada sesión, me pidió que me quedara un rato más para hablar conmigo en privado. Cual fue mi sorpresa cuando me dijo que el viernes próximo, debido a un compromiso que tiene con los hijos del otro matrimonio, no podría asistir a dar clases, y me preguntó si yo estaba interesado en tomar su lugar y ser profesor por un día.
Me sentí sorprendido. Por dentro experimentaba posesos chorros enhiestos de halago y emoción. Le dije que sí.
Ese día me devolví a mi casa pensando mucho... y decidí que el resto de la semana me prepararía psicológicamente para la ocasión.
Así que el viernes voy al gimnasio vestido de forma diferente; para empezar, llevo una de mis camisetas apretadas de siempre, sólo que en este caso reservé celosamente la negra, cuidadosamente encajada en mi ropa interior para que estuviera por debajo del blue jean oscuro con un cinturón de igual color. Compré gomina para peinarme el pelo impecablemente hacia atrás, me puse unas botas enormes, y me guindé el collar con la Cruz de Hierro que se ganó mi abuelo paterno en vida cuando fue miembro del ejército de represión Nazi en 1942.

Cuando llegué al cuarto de spinning le eché una mirada furibunda a las señoras que conversaban entre sí, calentando las piernas luego de sus clases de aerobics light. Me subí a la bicicleta más alta, esa que está al frente, encarando al grupo. Nadie me hace preguntas porque ya se les había informado que yo me haría cargo ese día.
No digo ni una palabra... las palabras no hacen falta. Me acomodo en el sillón y alargo el brazo hacia mi morral mientras observo de reojo a las mujeres, que empiezan a ajustar sus volantes así tan contentas, tan satisfechas de sí mismas, tan gordas, esperando escuchar a Freddy Mercury, Djando, José Luis Rodríguez, Pimpinela, e incluso Mika.
Así que saco un CD de Heavy Metal que le encargué a uno de mis amigos de Venezuela, cuyas canciones me las estuvo pasando por MSN con el fin de que yo las quemara luego. Alargo el brazo y lo coloco en el dvd del Home Theater que está en la mesa de al lado.
No me acuerdo el nombre de la canción que seleccioné cuidadosamente para el inicio de la clase porque mi cultura metalera no es muy grande, pero sé que comenzaba con un grito y una batería monstruosa. Las señoras se vieron las caras, pero antes de que ninguna tuviera la osadía de hacer algún comentario exclamé en voz alta: "PESO SIETE".
Eso significó una mayor sorpresa para ellas porque, por lo general, apenas comenzamos con el peso tres...
Una tipa arrugada, de esas que se sientan en la parte de atrás, intentó levantarse para pedalear de pie porque el esfuerzo le resultaba muy grande estando sentada, pero le dije que no lo hiciera, que no se preocupara, porque el momento de pedalear de pie vendría pronto (mentira).
Es increíble como la gente cree que por ir a clases de spinning durante 3 meses y no cansarse en una sesión de 45 minutos que antes les significaba un esfuerzo tremendo les hace creer que son los "Duques" y "Duquesas" de la bicicleta. No habían pasado ni cinco minutos cuando ya la mayoría de la gente estaba cansada. La canción estaba terminando así que pude ver en sus ojos débiles y patéticos el alivio por creer que el peso iba a bajar para hacer esos 3 minutos de reposo a velocidad 1 a las que ya están acostumbradas. Cuando la canción de apertura terminó empezó otra igual de sabrosa y grité "PESO 9".
Por supuesto, para que no me tildaran de irracional empecé a pedalear de pie, lo que pasa es que pedalear de pie con la palanca en el peso 9 es proporcionalmente igual a pedalear sentado con el peso 7, así que nadie estaba descansando.
Para hacerles hacer más esfuerzo les mandé a poner las manos en la parte delantera del volante (posición 3) y además me puse a pedalear con la espalda erguida para que todas me imitaran.
Así estuvimos casi diez minutos. Cuando comencé a percibir aires de protesta, decidí usar herramientas psicológicas para jugar con los sueños y aspiraciones de las señoras. Les dije que con esa sesión se adelgaza de tres a cinco veces más rápido que con la clase de spinning común. Todas se quedaron calladas. Yo obviamente no sabía ni qué estaba diciendo...
Aprovechando el momento, les puse a flexionar los brazos sobre el volante de la bicicleta usando todo el peso del cuerpo, gritando "HAGAN ESTO OCHENTA Y CINCO VECES QUE LES VA A QUITAR EL PELLEJO QUE GUINDA DE LOS BRAZOS" (mentira, el pellejo que guinda del brazo no se quita nunca), pero las señoras hacían lo mejor que podían...
Una de ellas no pudo más y tuvo que sentarse, respirando agitada, con los brazos apoyados sobre el volante, la cara roja y el cabello empapado. Me vio con vergüenza, yo la miré con odio.
Me volví a sentar en la bicicleta, y todas me siguieron... grité "peso 7 otra vez". Escuché gemidos de angustia.
Obviamente yo también estaba cansado, pero no quería aparentarlo para dar el ejemplo, así que secretamente bajé la palanca de mi bicicleta al Peso 2.
"'¡FLEXIÓN DE BRAZOS OTRA VEZ!", y empecé a hacer flexión de brazos, mientras las demás me seguían torpemente.
Luego de unas veinte flexiones levanté los dos brazos para que las demás lo hicieran también, y empecé a hacer elongaciones (estiramientos). Sin embargo en determinado momento quise ver hasta donde me seguían, así que empecé a hacer cosas raras y a sonarme los dedos de las manos. Ellas hicieron lo mismo, incluso algunas se preocupaban porque no les sonaban.
"¡PESO NUEVE OTRA VEZ!" y me levanté. Hubo nuevos gemidos de protesta. No les hice caso.
Empecé a pedalear cada vez más fuerte, y más fuerte, y más fuerte, sudando a chorros. Las mujeres estaban rojas, molestas, exhaustas, preocupadas, cansadas e infelices, pero pedaleaban tan rápido como podían. "Más rápido más rápido, más más más" grité, mientras al mismo tiempo me ponía hacer flexiones con los brazos, pero rápidamente.
Llegó un momento en que aquello ya no parecía una clase de spinning, sino un ritual de fanáticos.
Finalmente y luego de sentarnos de vuelta sobre el sillón con la palanca puesta en peso 5, apagué la música. La clase había terminado.
Las señoras no tardaron en bajarse de las bicicletas secándose el sudor con sus paños, deseosas de empezar a chismear entre sí, viéndome con culpabilidad. Pero yo no estaba dispuesto a dejarlas ir tan rápido:
"Ahora vamos a hacer abdominales".
Volví a poner la música otra vez, y me puse sobre una colchoneta en el suelo. Tres señoras se fueron, pero el resto decidió terminar la clase. Creo que se lo estaban tomando como una cuestión de orgullo... así que inventé mis propios ejercicios y les hice hacer movimientos extraños que yo mismo improvisaba en el suelo. Sé que cumplí con mi cometido porque el sábado por la mañana me desperté con mucho dolor de espalda.
Hoy es domingo, y estoy esperando a ver cuales van a ser las reacciones de mañana en la próxima clase. Espero que nadie le vaya con el chisme a la profesora. Estoy cruzando los dedos para que coja más confianza y me vuelva a encargar otra vez la clase de spinning.
De hecho, si todo sale bien, me voy a poner a la orden todas las veces que necesite faltar, y lo voy a hacer en voz alta para que las demás señoras me escuchen...
8 de septiembre de 2008