CARNAVAL NEGRO
Si alguno de ustedes ha visitado la sección "HISTORIAS", se encontrará con que Carnaval Negro es un proyecto que ha estado en preparación por algunos meses.
Pues bien, el libro está completo: 216 páginas de lo más extraño y depravado que puedo ofrecer ¿cómo podrían perdérselo?
Como muestra, aquí dejo el primer episodio, el cual espero que sea de tu agrado, y si no vete a la mierda y muérete.
EPISODIO I: El pequeño Magruder
Pepito estaba maldito.
Se lo decía a sí mismo todos los días... la frase incluso hacía verso.
No podía creer que su enfermedad estuviera ligada con una elemento tan malo y además tan extraño, pero así era.
Y lo que le preocupaba era lo extraño, no lo malo...
Y eso era porque lo malo era una condición de sí mismo que ya había aceptado media década atrás, por lo que ahora, a los doce, poco tenía de qué preocuparse.
De hecho, aquello tampoco era tan malo...
El sol hizo brillar su cabeza como si fuese la de un peón blanco del ajedrez (ficha a la que se le parecía físicamente), sus escasos cabellos amarillos, todos en el centro del cráneo, alisados hacia atrás, lo hacían ver como la parodia de un petiso señor del Wall Street.
Llevaba una cubeta plateada que danzaba a cada paso que daba en dirección al establo, con la firme intención de no seguir pensando más en “sus problemas”.
El alfiler de luz pronto se convirtió en un cono alargado que se tragó la oscuridad. Las puertas rebotaron contra las paredes... ahí estaba Pepito, contemplando su establo, como el Señor enfrentando al mundo el día del Apocalipsis, con una sombra alargada y humanoide que se extendía ante sus pies.
Recogió la cubeta y, antes de dar el primer paso, suspiró hondamente, viendo a sus vacas.
De haber tenido cejas, la expresión en la cara del chico hubiese sido lastimera. Extrajo un pañuelo rojo de lo profundo de su bolsillo y se lo pasó por la frente.
Sus botas largas y negras, que aplastaban la arena, era el único sonido que, por momentos, existía en todo el mundo. Las vacas contemplaban a su amo con atención.
Apoyó ambas manos sobre una portezuela de madera andrajosa, y se puso de puntillas para ver a Blanca, la vaca más gorda.
Y Blanca lo miró a él... con ojos lúcidos y brillantes.
El chico giró el picaporte, la puerta se abrió sola, como si alguien le hubiese dado un empujón desde adentro. La cubeta hizo un sonido chirriante cuando la recogió del suelo.
Acarició con suavidad el lomo de Blanca, y, sin poder evitarlo, dio otro profundo suspiro, a la vez que cerraba los ojos y se rascaba la mejilla, negando lentamente con la cabeza.
Se dijo a sí mismo, apenas despertó aquella mañana, antes de que la vaporosa fatiga abandonara su cabeza, (incluso antes de abrir los ojos), que no pensaría más en su problema.
Pero era difícil, Dios sabía que lo era. Y Jesucristo, hijo suyo y Señor entre los hombres, también lo sabía.
Colocó la cubeta debajo de las ubres de la vaca, y se irguió, observando sus propias manos, limpias y suaves.
No supo por cuánto tiempo divagó, pero cuando cobró conciencia de la realidad, se vio a sí mismo apoyando una mano en la vaca y la otra en la cintura. Sus ojos azul celeste, como los del cielo cuando está despejado una mañana después de llover, giraban de acá para allá.
Se rascó la sien, y luego se pasó la mano por los labios, que estaban cada vez más apretados entre sí.
Tenía que intentarlo otra vez...
Sí.
<<¡TENGO que intentarlo otra vez!>>
¿Acaso estaba pecando de tonto? ¿Acaso tener FE era algo tonto?
¡Pues alabado sean los tontos y los estúpidos que están
en el rebaño del Señor, por nunca abandonarla! ¡Y allá
los amargados y los resentidos, pintando absolutamente nada en el mundo! ¡Allá
los que siempre le dijeron a sus hermanos que volver a intentarlo era cosa de
tontos!
La oración era lo mejor que se podía tener cuando se siente que no se tiene nada. Y si su compañera, la fe, lo llamaba a intentarlo otra vez, ¿por qué no, entonces? ¿Quién era él para oponerse a los llamados del Señor?
Las primeras veces que obcecadamente, vez tras vez, lo intentó, cuando empezó a suceder la Desgracia, fue porque era parte de su naturaleza y su obstinación de Ser Pensante. Pero ahora no era por eso, ahora era distinto, ahora era porque la Fe lo instaba a hacerlo...
Tal vez ahora, que se sentía lleno de luz, sería distinto... tal vez el milagro ocurriría hoy.
Pepito se puso detrás de la vaca, metió una pierna entre sus patas y con la suela de la bota pisoteó el borde de la cubeta, haciéndole dar un giro para que quedara de cabeza justo frente a él.
Se subió a la cubeta, que resistía perfectamente su peso y, sosteniendo el equilibrio magistralmente, el chico se desabrochó el pantalón y se sacó la picha.
Empezó a meneársela varias veces para que se mantuviera tiesa, jaláando el pellejo hacia atrás, y golpeteando el glande contra la cola de Blanca.
Le tomó un rato, estaba nervioso, y sin quererlo, respiraba fuerte... pero quien sino él, un chico robusto y en la flor de su juventud, para imponerse ante los nervios y ganarles.
Apoyó ambas manos a cada lado de las nalgas de Blanca y, sin pensárselo mucho, le introdujo el miembro erecto.
El animal estiró su enorme cuello para recoger otra pilita de pasto, sus belfos bailoteaban, masticando, apacible, como si no supiera qué estaba pasando.
Pepito se meneaba con vigor allá atrás, mordiéndose la lengua, frunciendo su carnoso ceño, y viendo los cuernos del animal.
Los embistes se volvieron más rápidos y cortos, el cubo plateado tambaleaba, y la cara de Pepito se transformaba en un amasijo de arrugas oscuras a la vez que examinaba las reacciones de la vaca con ojos vidriosos y brillantes.
Finalmente, se agarró con fuerza del lomo y, perdiendo el equilibrio del cubo, se sostuvo del animal, jadeando, con un ojo más abierto que el otro, gimiendo, en la más deleitante agonía.
Transcurrieron varios segundos. Todo era silencioso.
No estaba pasando nada malo... había acabado, y, por lo visto, ¡no estaba pasando nada malo!
Todo seguía normal, como en los viejos días.
<<Pasaron otros cinco segundos>> y no, definitivamente no estaba pasando nada malo...
El agotamiento de Pepito no fue rival para su creciente felicidad, con el rostro enrojecido y sudoroso, veía en su propio corazón una olla de presión de incontenible jolgorio.
Se separó lentamente de Blanca y cayó en cuclillas, abrochándose el pantalón.
Tambaleó con torpeza cuando intentó caminar, rodeándola, para ponerse enfrente de ella, y verle los ojos.
Seguía mascando paja, sus belfos se movían animosamente, como siempre... nada había cambiado.
El chico cayó de rodillas, abriendo cada vez más los ojos, formando una expresión que, sin quererlo, se tornaba demencial. Su boca fue primero una gran O, y luego una obscena sonrisa. Extendió los brazos al cielo, sin dejar de ver a Blanca, a su Blanca.
Quería bailar, quería gritar, quería correr y saltar. Subir hasta el techo de su casa y alabar al Señor. Abrir la caja fuerte y hacer una gran donación. La dicha del momento por el final del “Gran Problema” no disminuiría su renovada generosidad. Y no olvidaría aquél día nunca jamás. Abriría su envase de promesas y empezaría a cumplirlas una por una. Pepito se mantendría, de hoy en adelante, lleno de bondad.
Fue en el momento en que se estaba poniendo de pie, en el momento que le quitó los ojos de encima a Blanca, que escuchó un lastimero tañido, seguido de un tosido grumoso y enfermo.
Una paca compacta de paja verde y amarilla se deslizó desde la garganta del animal, y cayó lentamente al suelo, colgando de una cuerda de baba, seguida por un humor pastoso y apelotonado, que salpicó las botas de su amo, y que no fue sino sólo el comienzo de un mugido rasgado.
El olor del vómito cundió el establo. Pepito podía sentir el vaho repulsivo e invisible acariciarle las manos, como un manto frío, podía incluso sentir el olor metiéndosele por la boca, podía sentir que las papilas gustativas de su lengua le decían que estaba degustando algo ácido y sucio.
Los saltones ojos del animal, semejantes a burbujas de jabón, empezaron a ponerse negros, como si una aguja invisible les estuviera inyectando tinta china.
El torbellino negruzco pronto se convertía en una nube oscura y, al cabo de pocos segundos, los ojos de la bestia parecían metras negras, abombadas.
La barriga de la vaca se hinchaba ante los ojos de Pepito, los huesos sobresalientes de sus nalgas desaparecían entre la carne inflada.
Su último “muuuuu” fue un gemido patético, agudo, como el grito de una niña, y, poco después, sus patas se desprendieron del suelo, y comenzó a flotar.
Mientras golpeteaba el techo del establo, inerte, con un cuerpo tan hinchado que las patas parecían agujas clavadas alrededor de un balón, el chico, con expresión lóbrega y afligida, se puso de pie, y bajó la cabeza.
Pepito seguía maldito.
EPISODIO 2
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